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JORNALEROS DEL TELÉFONO

JORNALEROS DEL TELÉFONO  

“Buenas tardes, mi nombre es Miguel y llamo de Citibank. ¿Puedo hablar con el señor Eduardo Martínez?”. Esa voz amable, versátil, casi ingenua, que solivianta el silencio de la casa es la de uno de los miles de jornaleros del teléfono que, desde Madrid, Buenos Aires o Tánger, nos llama solícito.

 

            ¿Jornaleros del teléfono?. El joven, licenciado universitario, seguramente se removería inquieto ante la comparación. No, él no es un segador de Novecento, ni en este call-center se desuellan alcornoques, como hacían los Maltiempo que retratara Saramago en “Levantados del suelo”. El no se ensucia las manos, y su trabajo, nos diría, lo hace sentado, es cognitivo, inmaterial...

 

            Pero si nos acercamos más quizás encontremos, oculto tras el mito de la tecnología modernizadora, las huellas de la vida precaria. Estos otros temporeros y temporeras de nuestros días trabajan también por campañas, aunque lo que recolecten sea encuestas o tarjetas de crédito o reclamaciones del servicio de la luz o del agua. También aquí, en el telemárketing, la eventualidad es la norma y el contrato por obra o servicio determinado, el rey absoluto de la jungla.

 

            No llevan, como los jornaleros de antes, una fiambrera con torreznos y costillas de la matanza. Ahora la tartera de siempre se transmutó en “taper”, pero la laboriosa teleoperadora dispone del mismo tiempo de descanso para engullir la comida: media hora, en el caso de que se trate de jornada partida.

 

             “Coge cajas y te pones en el corte”. El manijero de la finca respondía así de concluyente al requerimiento del obrero: no hacían falta más preámbulos para trabajar en la cosecha del tomate. A las empresas del telemárketing también les agrada este estilo resolutivo y taciturno : “60 puestos de teleoperador en fidelización-emisión de llamadas. Requisitos: don de gentes, facilidad de palabra y ganas de trabajar. No es imprescindible experiencia”1. Solo es preciso saber usar un ordenador, saber hablar y saber obedecer...

 

             “Producir significa respirar con el mercado” nos dicen, emocionados, los fabuladores de la Arcadia del posfordismo. Y mientras tanto, just in time, “el mercado” compulsivamente inspira y expira precarios, trabajadores de usar y tirar, voces baratas y etéreas. “Lo que se requiere de los obreros no son altas cualificaciones, sino una disponibilidad de tiempo, una completa disposición para entrar o salir del sistema productivo, según los requerimientos de la producción”2.

 

            No son “siglos de aceitunas” los que atan a estos temporeros, como antaño a los jornaleros altivos de Jaén, sino apenas dos décadas de “Calidad Total”, como han dado en llamar los apologistas del capitalismo contemporáneo a la ofensiva empresarial y la consiguiente reestructuración productiva. Aquellos, aceituneros adheridos a los ciclos naturales del olivo y a las leyes del latifundio; estos otros, precarios anexos a la sístole y la diástole del turbocapitalismo, a las contracciones ciegas del mercado, a los preceptos y caprichos de la bolsa, la publicidad y el consumo dirigido.

 Artículo completo en: http://www.kaosenlared.net/noticia.php?id_noticia=37865

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